Opinan los expertos

Menos fincas = más bosque = ¿menos diversidad biológica?

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Christine Padoch
Directora del Programa de Bosques y Medios de Vida, Centro de Investigación Forestal internacional

Si la tala de los bosques tropicales para la agricultura es una de las causas principales de la catastrófica reducción de la diversidad biológica, la sabiduría convencional nos dice que la reducción del número de fincas y la expansión de los bosques podría ayudar a revertir ese declive, por lo menos a nivel local. Sin embargo, un reciente artículo de los investigadores James P. Robson y Fikret Berkes de la Universidad de Manitoba sugiere que esta suposición puede no ser cierta. El artículo, publicado en la revista Global Environmental Change, está basado en los resultados del trabajo de campo realizado en el estado de Oaxaca, México, una región que cuenta con una gran diversidad tanto biológica como cultural. Las dos comunidades indígenas estudiadas a fondo por estos investigadores están perdiendo fincas y ganando bosques a medida que sus residentes van abandonando sus tierras para desplazarse a ciudades o buscar fuentes de ingreso no agrícola. Aun así, de acuerdo a los autores, es posible que estos territorios comunitarios también estén perdiendo diversidad biológica.

La clave de esta aparente paradoja reside en el tipo de manejo de recursos practicado tradicionalmente en la región y que ahora está desapareciendo. Según Robson y Berkes, la agricultura en la sierra de Oaxaca era altamente dispersa, de rotación y aun así de baja intensidad; los campos agrícolas eran pequeños y de carácter temporal, la diversidad de cultivos alta y la agricultura estaba relacionada con ecosistemas naturales de diversas maneras. Estos patrones dieron como resultado una “alta heterogeneidad espacial en la estructura y composición del bosque y crearon un mosaico agrícola-forestal de alta diversidad biológica”.

Las entrevistas llevadas a cabo por los investigadores con residentes de la comunidad sugieren que estas prácticas están cambiando con rapidez. Prácticamente el 60% de las tierras agrícolas en las dos comunidades investigadas ha sido abandonado durante los últimos 30-40 años, presentándose también una disminución similar en el número de pobladores. Los campos que todavía están siendo cultivados tienden a estar más cerca de los asentamientos, menos dispersos y ser más simples en la conformación de sus cultivos y estructura. El uso no agrícola de los recursos locales también está desapareciendo. Asimismo, la recolección de productos maderables y no maderables en los bosques locales ha disminuido considerablemente, señal de una población que está envejeciendo y que no tiene ya la capacidad para participar en actividades agotadoras, así como una preferencia por bienes modernos comprados en tiendas.

Entender la complejidad y las consecuencias de los cambios ocurridos en Oaxaca –demográficos, ecológicos, culturales y económicos– demanda un esfuerzo continuo de investigación longitudinal. Aunque los autores manejan una cantidad considerable de datos cualitativos y cuantitativos, que incluyen no solo los resultados de su propio trabajo de campo sino también los de estudios cuantitativos realizados en otras áreas, Robson y Berkes destacan la necesidad imperante de llevar a cabo más investigación. El trabajo realizado a la fecha solo les permite “especular” sobre las consecuencias del abandono agrícola sobre la biodiversidad local, aunque hay que reconocer que lo hacen de manera informada. La combinación de la evidencia cualitativa y cuantitativa presentada por estos investigadores sugiere que “la reducción de la actividad de uso de tierra podría resultar en una pérdida gradual del mosaico agrícola forestal, lo que llevaría a su vez a una disminución localizada de la diversidad a pesar (o a causa del) extenso resurgimiento del bosque”. Los autores sugieren que esta disminución, contraria a todas luces a lo que nos dice la intuición, puede ser atribuida a un número observable de cambios producidos por el abandono agrícola, incluyendo “cambios sin precedentes en la sucesión ecológica, tamaño del parche y efectos de borde” así como una disminución de los sistemas agroforestales.

Antes de descartar estas provocativas ideas como cambios paradójicos que se están dando en ciertas comunidades remotas, es importante destacar que ni el uso de recursos de baja intensidad tradicionalmente practicado en las comunidades estudiadas ni los procesos que están transformando esos patrones están confinados a la sierra de Oaxaca. La rápida urbanización, los sistemas agrícolas simplificados y el abandono de las tradiciones locales de uso de recursos se están extendiendo en los bosques del trópico. Por ello, esta investigación ofrece lecciones no solo para los diseñadores de política mexicanos. Aquellos que tienen a su cargo el diseño de políticas agrícolas y de conservación han supuesto durante mucho tiempo que la agricultura es enemiga de la conservación (y viceversa). De hecho, parecería obvio que todo aquello que elimina la agricultura e incentiva el resurgimiento del bosque podría ser bueno para la conservación de la diversidad biológica. Sin embargo, como lo demuestra este ejemplo, lo que a la vista parece evidente, no siempre resulta ser exacto. Las largas interacciones entre el bosque y las poblaciones que los gestionan distan mucho de ser simples y todavía no se las entiende a cabalidad o se las reconoce lo suficiente. Cuando se eliminen estas interacciones, deberíamos esperar que los bosques cambien de forma imprevista y no deseada. Por otro lado, la investigación y promoción del manejo de baja intensidad podría generar beneficios sorprendentes para la diversidad biológica.

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Lecturas adicionales

Robson, J.P. and F. Berkes. 2011. Exploring some of the myths of land use change: Can rural to urban migration drive declines in biodiversity? Global Environmental Change 21:844–854.