Investigación

¿Cómo puede una criatura tan chiquita dejar una huella de carbono tan grande?

Cuando se entere del verdadero costo para el medio ambiente de ese cóctel de camarones que tanto le gusta, ¡no lo volverá a pedir!
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El cóctel de camarones se ha convertido en la pieza central de las presentaciones ecológica de Boone Kauffman. Foto: wikicommons.

El cóctel de camarones se ha convertido en la pieza central de las presentaciones ecológicas de Boone Kauffman. Foto: wikicommons.

Cuando Boone Kauffman, ecólogo de la Universidad Estatal de Oregón e investigador asociado del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR) publicó hace tres años un documento que calculaba el enorme impacto que la producción de camarones en manglares tiene sobre el medio ambiente, decidió hacer algo bastante singular: personalizar su investigación y, por así decirlo, “poner los camarones sobre la mesa”.

Kauffman estimó que una porción de 100 gramos de esta diminuta criatura—equivalente a un cóctel de camarones, por ejemplo— generaba una huella de carbono de 198 kilogramos de CO2 en el ecosistema si estos habían sido producidos en granjas instaladas en bosques de manglares.

Sin duda, un aperitivo tentador pero con una clara señal de advertencia sobre la pérdida de hábitats y la deforestación.

“La huella de carbono del cultivo de camarón es aproximadamente 10 veces mayor que la huella de carbono por uso del suelo de una cantidad equivalente de carne de res producida en pastos ganados al bosque tropical”, dijo recientemente ante un público compuesto por científicos en CIFOR.

Los camarones fueron alguna vez considerados un alimento sofisticado para la alta sociedad internacional, el tipo de exquisitez gastronómica que alguien como James Bond hubiera comido.

Hoy los camarones se pueden encontrar en todas partes, pero esta ubicuidad no ha hecho más eficiente su crianza: las granjas camaroneras de producción intensiva instaladas en manglares producen apenas un kilogramo por cada 13,4 kilómetros cuadrados de manglar.

Y el período de aprovechamiento no dura mucho. Las costas que albergan granjas camaroneras por lo general son abandonadas en menos de diez años, y agotadas, contaminadas e “inutilizables por otros 40 años”, señala Kauffmann.

UNA DOSIS DE REALIDAD

La cuota de realidad que pone Kauffman en su investigación le permite presentar datos científicos de manera similar a una TED talk.

“Si usted y cuatro de sus amigos van a cenar esta noche y cada uno pide un cóctel de camarones como aperitivo, su huella de carbono sería 1.138 kilogramos”, señala. “Luego, cada uno pide un gran filete de carne. La huella de carbono de esos platos equivaldría a otros 1.367 kilogramos. En total, están generando 2.498 kilogramos de emisiones de carbono”.

“Eso equivale a quemar alrededor de 281 galones (1.064 litros) de gasolina”.

“Ahora bien, si estuviéramos en la Costa Oeste —por ejemplo en Oregón, donde vivo— y condujéramos por los Estados Unidos hasta llegar a la Costa Este, a la ciudad de Nueva York, todo este recorrido atravesando el subcontinente norteamericano generaría una huella de carbono menor que la de esta cena”.

“Incluso si viajáramos en una camioneta enorme, las emisiones de dióxido de carbono [de la cena] serían mayores”.

Nuestros principales descubrimientos se refieren a la magnitud de lo que perdemos: carbono del suelo que tal vez estuvo almacenado en los manglares durante miles de años y que en el lapso de unas cuantas décadas podría ser liberado a la atmósfera.

Al traducir datos científicos sólidos en evidencia contundente pero vívida sobre el daño devastador al medio ambiente que produce una agradable —y aparentemente inocente— salida a cenar con amigos, Kauffman ha descubierto que incluso los científicos se aproximan a sus hallazgos con un interés mucho más personal.

A continuación, una breve entrevista con el Sr. Kauffman, quien se encuentra actualmente en la sede de CIFOR en Bogor, donde continúa con su investigación sobre manglares.

Su investigación presentada en 2012 tuvo una gran acogida, en especial tratándose de un tema científico. ¿Hacia dónde se ha dirigido su trabajo desde entonces?

Hasta 2012 nos habíamos centrado en estudiar las reservas de carbono de manglares intactos. Desde entonces, nos hemos centrado más en dos aspectos. Uno de ellos es conocer cuáles son las reservas de carbono de las áreas de manglares que han sido sometidas a uso de la tierra. Esto es, la conversión de manglares en pastos para ganado en México y en estanques de camarones aquí en Indonesia, así como en América Latina.

Esto nos ha suministrado datos cuantitativos sobre las cantidades de emisiones: gases de efecto invernadero que surgen de la conversión de manglares a otros usos de la tierra. Ha sido sorprendente [descubrir] la cantidad de emisiones que provienen de estos usos.

Nuestros principales descubrimientos se refieren a la magnitud de lo que perdemos: carbono del suelo que tal vez ha estado almacenado en los manglares durante miles de años y que en el lapso de unas cuantas décadas podría ser liberado a la atmósfera.

Usted ha cuantificado esta situación señalando que durante miles de años los manglares estuvieron sanos… luego llegamos [los seres humanos] y destruimos todo en tan solo unas décadas. ¿Qué recomienda que hagamos, ahora que sabemos esto?

Creo que tenemos que ser conscientes de las consecuencias de nuestros usos de la tierra. Cuando consumimos… Hay ciertos productos que disfrutamos en la sociedad moderna que tienen un precio sumamente alto en términos de dióxido de carbono / emisiones de gases de efecto invernadero.

Las personas tienen el derecho de conocer las consecuencias que tienen los alimentos que consumen y ese es el papel que pueden desempeñar los ecólogos: compartir esa información con el público

Y los camarones provenientes de granjas y la carne de ganado vacuno criado en bosques tropicales convertidos en pastos tienen un costo muy alto en términos de pérdida de la diversidad biológica, de la calidad del agua… y, como lo estamos descubriendo ahora, en términos de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Probablemente ya está acostumbrado a ver la expresión de horror en la cara de la gente cuando presenta sus datos. Incluso como ecólogo, debe tener la esperanza de que se produzca un cambio de comportamiento. ¿Pero eso sucede realmente?

Las personas tienen el derecho de conocer las consecuencias que tienen los alimentos que consumen y ese es el papel que pueden desempeñar los ecólogos: compartir esa información con el público.

Lo que hago es explicarlo de una manera fácil de entender, hacerles saber que cuando comen carne del bosque tropical o camarones de los manglares el costo medioambiental es muy alto. Costo y pérdida de biodiversidad, de justicia social, de emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Usted come carne de res o camarones?

¡No!

¿Espera que otros sientan la obligación de hacer algo al respecto?

Sí, claro. Siento, desde un punto de vista filosófico, que tenemos que dejar este planeta en mejores condiciones para nuestros hijos, y no lo estamos haciendo. Estamos viendo tasas sin precedentes de deforestación de los manglares y otros bosques.

Si en verdad queremos frenar el cambio climático, hay varias formas en las que podemos contribuir, como con la reducción del uso de combustibles fósiles, pero también reduciendo los usos de la tierra que realmente están causando pérdidas graves en la biodiversidad, además de emisiones de gases de efecto invernadero. Y una buena parte de nuestros hallazgos puede ayudar al público a tomar decisiones informadas en sus compras diarias o sus hábitos de consumo.

Para obtener información acerca de la investigación de Boone Kauffman, por favor póngase en contacto con b.kauffman@cgiar.org


  • Vea la presentación de Boone Kauffman aquí (en inglés):


 

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